Era Junio y ya estaba terminando la escuela cuando mi madre me comunicó que iba a ir a un campamento con Jaime. Yo me alegré mucho ya que en invierno le veía muy pocas veces e iba a tener la oportunidad de estar con él unos 15 días.
Ya era Julio y como mi madre me había prometido iba a comenzar mi campamento de inglés. Al llegar por la mañana allí estaba Jaime, impaciente por montar en el autobús y aprender inglés como ningún otro niño.
En el trayecto estuvimos hablando, él me contó que tal le había ido el curso y yo le conté que ya tenía ganas de verle porque un invierno sin sus tonterías se me había hecho eterno, él se reía a la vez que prometía que esos momento nunca iban a acabar.
En cuanto el autobús frenó; Jaime salió disparado de él, con una sonrisa en la cara y gritándome: Vamos lenta, no te quedes ahí todo el día. Todos los días fueron muy divertidos y además en muchas actividades me tocó con Jaime.
Sobre las cinco de la tarde del último día, uno de los profesores nos comunicó que era de montar al autobús y que nuestro campamento había acabado por este año.
Al llegar a Alcañiz (yo) llamé a mis amigas para salir un rato con ellas y Jaime me dijo que se iba a subir andando a su casa. Le dije adiós y se alejó de mí a a la vez que su mano se movía y me decía por última vez: ADIOS.
Esta fue la última aventura que pasé junto a él, junto a su risa y su llanto, su tranquilidad y sus nervios, su amabilidad, su locura, sus enfados…su corazón.
Un mes después del campamento una amiga mía me comunicó que los ángeles se habían llevado a Jaime con ellos para nunca más volverle a ver. Yo lo pasé muy mal durante largos días pero con el tiempo mi situación fue mejorando. Desde aquel día que perdí a este apreciado amigo le doy las buenas noches todos los días y pido que nunca me olvide ya que yo a él nunca lo olvidaré.
Marina García 1º ESO C











